En 1990 era un joven Arquitecto porteño para quien Punta del Este había sido siempre un lugar de vacaciones donde había empezado a hacer algunas obras dispersas desde el año 80. Casi todas pequeñísimas, rusticas y elementales, pero con un sentido del lugar y del savoir vivre muy personal y característico que poco a poco fue ganado cultores y adeptos.

Hoy, cuando ya hacen diecisiete años desde que se instaló definitivamente con su familia en Manantiales, es prácticamente imposible hacer más de dos cuadras por esa angosta franja sobre el mar que va desde el puente de La Barra hasta la laguna Garzón sin cruzarse con alguna casa u obra suya. Y si bien es cierto que el mero aspecto cuantitativo es impresionante –desde el año 90 ha construido un promedio de entre diez y quince casas por año-, tal vez sea mas interesante aun el hecho de que muchas de sus obras -como el restorán Los Negros, en Jose Ignacio, de principios de los 80 o el más reciente hotel de Garzón, ambos de Francis Mallmann- hayan sido la piedra fundacional y el motor de arranque de notables desarrollos.

A juzgar por su estilo personal más bien lacónico, renuente y tendido de una cierta parquedad de herencia escandinava, seguramente le incomodaría ser considerado un trendsetter influyente. Lo cierto es que un porcentaje sorprendente de lo más representativo del paisaje de Punta del Este de los últimos diez años ha salido de su estudio. Una estructura agreste de vidrio y madera, que fue creciendo en sucesivas etapas en un terreno vecino al de su casa, en una de las últimas esquinas de Manantiales, sobre la ruta. En la planta baja del estudio funciona, además, Morocco, un local de decoración que, todos los años, nutre las casas de los veraneantes con muebles y objetos que Montero y su mujer, la artista plástica marplatense Laura Sanjurjo, seleccionan cuidadosamente en Marruecos, durante el invierno.

En general, la idea misma de ir de vacaciones despierta toda clase de fantasías típicamente relacionadas con huir de la civilización, la rutina y las convenciones. Un cierto escapismo romántico que Diego Montero ha sabido utilizar muy bien para construir un estilo que esta siempre ligado a las posibilidades de los materiales y la mano de obra locales.

Su arquitectura se basa en una especie de compromiso sutil entre el lujo importado de Punta del Este y la pobreza esencial del lugar. Ha sabido aprovechar ese espíritu “un poco mas aventurero y de descontracturado” de los clientes y la rusticidad de una “mano de obra muy fuerte, pero sin mucho detalle” para desarrollar esa atmosfera local y romántica que caracteriza sus obras. Un efecto que no depende tanto de la implantación, la distribución interna, la proporción de los espacios y otras cuestiones del diseño, fríamente calculadas en el estudio, sino de una serie de estrategias constructivas que producen los detalles y dan a las obras esa cualidad artesanal y especifica, no seriada, que es un atractivo principal.

   

Le interesan el accidente, el error, lo anecdótico, las huellas del paso del tiempo y del proceso constructivo en general, pero también es consiente de que no pueden producirse artificialmente, como simples acabados decorativos premeditados, porque “entonces perderían toda la gracia, toda su fuerza”. Algunas de estas estrategias son, por ejemplo, “construir cosas con pedazos de otras y que quede como quede…” o utilizar materiales no industrializados como la piedra y los revoques artesanales –alisados de cemento o de barro- cuyo acabado depende indefectiblemente del oficio del artesano. “Un poco como los calzones del ranchero… esa calidad de lo que se hace sobre la marcha, no es una arquitectura de precisión, es una arquitectura que se hace un poco con sabiduría popular”.

La rusticidad local de Montero, sin embargo, va más allá de la sagaz utilización de los materiales y las técnicas constructivas disponibles, tal vez porque su búsqueda es más varada y ecléctica, como sus clientes. Por ejemplo, la utilización de las maderas recicladas, que domina gran parte de su obra, le sirve para lograr “un toque romántico que no sea de estilo”.

“A mi me interesan este tipo de resultados como imprevistos o aleatorios, que no podes diseñar a priori, solo podes diseñar una estrategia para que sucedan”. El diseño de estas estrategias y la exploración de sus resultados es uno de los aspectos que mas interesan a Montero de su trabajo.
Algo parecido sucede con los interiores, que en muchos casos realiza con Laura para varias de las casas. A Montero le parece que no puede diseñarse totalmente el interior de una casa, que tiene que tener sus accidentes y las particularidades propias de que la habita.

Considera que la participación del cliente en la determinación de los interiores es fundamental para evitar el Kitsch de ese estilo de vida ready-made que resulta de una casa totalmente prediseñada. Por eso “tratamos de que las casas tengan un equipamiento básico. Hacemos muy pocas cosas, pero grandes: generalmente algo zarpado que sirva de marco para que después sigan solos…”.


ver obras realizadas | volver a nuestros servicios

 
     
Inicio | Nuestra empresa | Proyectos | Nuestros servicios | Contáctenos Diseño y Desarrollo Web por PRO Internacional